domingo, 6 de abril de 2025

La verdad no es una piedra


El evangelio de este V Domingo de Cuaresma es sencillamente adrenalítico. Se masca la tensión en el aire. El escenario es imponente: el templo de Jerusalén. Para los judíos es el lugar de la ley (y, en parte, del dinero). Para Jesús es la casa del Padre. Esta doble interpretación del lugar nos prepara para el desenlace de la escena. Jesús está enseñando de buena mañana. Hay gente alrededor. Algunos escribas y fariseos le arrojan -como si fuera una mercancía- una mujer “sorprendida en adulterio”. No aparece por ninguna parte su socio masculino. El peso cae siempre sobre la mujer. 

Quizás los escribas y fariseos habían oído lo radical que era Jesús con respecto al adulterio, no solo de cuerpo sino de corazón. En realidad, no les importa mucho la historia de la mujer. La usan como un instrumento para capturar a Jesús. La trampa está bien urdida. Si Jesús la perdona, va abiertamente contra la ley. Si invita a lapidarla, se comporta como una persona cruel. Parece que no hay salida. Antes de responder, Jesús se toma un tiempo y escribe. No sabemos el contenido de ese “dedo de Dios”. ¿Es una alusión a Daniel 5,25?


Los escribas y fariseos se impacientan. Jesús espera a que se rebaje su nivel de adrenalina. Con los ánimos un poco más calmados, les regala una respuesta inesperada, que se sale del marco: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Desplaza el acento de la mujer a cada uno de los presentes. Nadie resiste la prueba: “Se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos”. Ya se sabe que “cuanto más viejo, más pellejo”. 

La historia termina con un primer plano de Jesús y la mujer solos. Jesús, que permanecía sentado, se levanta. Al diálogo no le falta ni le sobra una sola palabra. La sentencia final de Jesús no tiene desperdicio. Mira al pasado: “Tampoco yo te condeno”. Pero, sobre todo, mira al futuro: “En adelante no peques más”. Solo el perdón abre la puerta del porvenir. Se podría decir que esa mujer anónima vive su propio jubileo de perdón y esperanza. Es un símbolo para nosotros en este Jubileo del 2025.


Este evangelio podría ser prohibido por los legalistas del mundo. Es demasiado desestabilizador. Promueve la insubordinación. Relativiza el famoso “imperio de la ley”. Lo sustituye por el “imperio de la misericordia”. Este es el mensaje que el papa Francisco ha intentado transmitir desde el comienzo de su pontificado y que muchos biempensantes no acaban de comprender. Lo consideran una concesión al relativismo. Acusan a Francisco de no tomar en serio el derecho canónico, de proceder arbitrariamente. Vistas las cosas desde una perspectiva solo jurídica, tienen razón. Pero olvidan que el derecho no es la norma suprema. Lo fundamental es el amor. La verdad no es una piedra arrojadiza, sino la patencia del amor.

Se requiere mucho tiempo, mucho autoconocimiento y mucha humildad para salirse del marco y adquirir la mente de Jesús. Es un camino. Pablo (segunda lectura) lo expresa muy bien en su carta a los filipenses: No es que ya haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo

sábado, 5 de abril de 2025

Pasado por agua


Pasé buena parte de la mañana de ayer viernes en la ciudad cacereña de Plasencia. Aunque la había circunvalado en un par de ocasiones, nunca la había visitado. Acompañado por tres religiosas amigas y guiado por la responsable de Patrimonio de la diócesis, visité la catedral. O, para ser más preciso, las catedrales. El conjunto me pareció deslumbrante. El oro de las nervaturas y de los retablos añade un toque sugestivo que no se ve en las catedrales castellanas. El retablo es un tratado de teología contado con el lenguaje hermosísimo de la madera tallada y policromada. Afuera llovía y soplaba con fuerza el viento.


Nada más salir, se encuentra la impresionante casa del deán. Habla por sí misma del poder que en el pasado ostentaba el jefe de los canónigos. Hasta el concilio de Trento se las tenía tiesas con el obispo. Hoy las cosas están clarificadas y calmadas. Visité también el antiguo convento de Santo Domingo, hoy transformado en Parador Nacional. Aparte de por su valor histórico y artístico, a mí me interesaba conocerlo porque durante varias décadas fue sede de la comunidad claretiana. Desde aquí los misioneros se movían por toda Extremadura en campañas de evangelización a través de las misiones populares y los ejercicios espirituales.


Tras la comida, visité el museo de las Josefinas de la Santísima Trinidad, muy populares en Plasencia, ciudad en la que fueron fundadas en 1886 por el sacerdote alcarreño Eladio Mozas, canónigo penitenciario. No conocía yo con detalle la vida de este fundador, un sacerdote culto y con una gran preocupación social y espiritual. La segunda mitad del siglo XIX estuvo plagada de fundaciones en varios lugares de España. 

Con las josefinas estoy teniendo un encuentro sobre “identidad y pertenencia” en la casa de espiritualidad que tienen en Cabezuela del Valle. Por cierto, el río Jerte baja impetuoso debido a las abundantes lluvias de las últimas semanas y los famosos cerezos están ya en plena floración. Sigue lloviendo a intervalos, aunque parece que hoy sábado tendremos una pequeña tregua.


Hasta este recóndito lugar llegan los ecos de la famosa “guerra de aranceles” decretada por el inefable Donald Trump. No soy un experto en estos asuntos, pero me temo que la economía mundial va a experimentar una peligrosa sacudida. De hecho, ayer fue un viernes negro para los mercados. 

En los pocos ratos libres, estoy leyendo en versión digital el último libro de Javier Cercas El loco de Dios en el fin del mundo, que acaba de ponerse en circulación con gran aparato publicitario. Confieso que a mí me gusta cómo escribe Cercas y estoy leyendo su obra con fruición, pero hay una cosa que no me gusta: el hecho de que a cada paso repita que es un “ateo redomado, un anticlerical declarado y un laicista irredento”, como si quisiera curarse en salud de las críticas que puede recibir desde algunos sectores anticatólicos por “blanquear” al papa Francisco. Un ateo que se precie, un ateo “como Dios manda”, es más discreto. No hace de su increencia una exhibición impúdica o un arma arrojadiza. Dicho esto, el libro fluye bien y ofrece claves para entender la novedad del Papa “venido del fin del mundo”. Cuando lo termine, escribiré algo sobre él.

jueves, 3 de abril de 2025

¿Facilitador o complicador?


Desde hace años se viene usando cada vez más -sobre todo en ámbitos relacionados con el liderazgo y la gestión de equipos- la palabra “facilitador” (del inglés facilitator) para referirse a una “persona que se desempeña como instructor u orientador en una actividad”. Yo mismo he ejercido esta tarea en capítulos generales y provinciales, asambleas de diverso tipo y talleres. Se supone que -haciendo honor a su nombre- el facilitador tiene que hacer fácil lo que a primera vista puede parecer difícil. 

Para ello, hay que tener claridad sobre los objetivos que se persiguen con una determinada actividad y con los métodos más conducentes a su consecución. Hay personas que son “facilitadoras” por naturaleza, como si esa cualidad estuviera en su ADN. Ofrecen orientaciones precisas, ahorran detalles innecesarios, van a lo sustancial. Tienen un mapa conceptual suficientemente claro como para moverse con agilidad en un determinado campo, incluyendo el complejo campo de las relaciones interpersonales. Encontrarse con una persona “facilitadora” ayuda a vivir y trabajar con serenidad y determinación.


Por desgracia, existe también el rol contrario. Conozco personas que son “complicadoras”, por más que el diccionario de la RAE no reconozca este término. Si complicar significa “enredar, entorpecer, dificultar o confundir algo”, entonces podríamos decir que las personas “complicadoras” son enredadoras o entorpecedoras (estos términos sí existen). 

Cuando ya se ha tomado una decisión, se las arreglan para buscarle tres pies al gato y obligar a todos a empezar de nuevo. Su obsesión por que todo sea perfecto, según la norma, acaba haciendo de la vida una experiencia insufrible. ¡Ay de las familias, grupos y comunidades en los que abunden las personas “complicadoras”! ¡Que se preparen para sufrir como si fueran hinchas del Atlético de Madrid! (con perdón de mis amigos colchoneros).


Personas “facilitadoras” y “complicadoras” se encuentran en todos los ámbitos de la vida. ¿Quién no conoce a funcionarios, médicos, profesores, sacerdotes y periodistas que todo lo enmarañan y que no hacen más que complicarnos la vida con sus interminables vericuetos? Leyendo ciertos informes médicos o jurídicos, uno tiene la impresión de que han sido escritos con el malévolo propósito de que el lector no se entere de nada. Y quizá se puede decir lo mismo de algunos libros de teología o de ciertas homilías insufribles. 

Normalmente, las personas “complicadas” son aquellas que no tienen un claro conocimiento de una determinada realidad y por eso necesitan envolverla a base de palabrería. Su lema podría ser este: “Ya que no podemos ser profundos, seamos por lo menos oscuros”. Cuando la complicación se refiere al ámbito de las relaciones, entonces podemos acabar directamente en el infierno: personas que dicen lo contrario de lo que sienten, que hacen de los celos su arma defensiva, que malinterpretan gestos y palabras y que sacan de quicio al más pintado. Muchas familias y comunidades se vienen abajo cuando la complicación supera los niveles aceptables.


Gracias a Dios, creo que abundan más las personas que son como arroyos transparentes. Uno sabe enseguida lo que piensan y sienten. No se andan con rodeos. Procuran aclarar conceptos, desatar nudos mentales y afectivos, crear un clima en el que las personas se sientan a gusto, no sometidas al chantaje de un permanente escrutinio. Personas, en definitiva, que no están recordando siempre los límites ajenos, sino que ponderan lo bueno que observan en los demás y los ayudan a crecer

En este mundo tan crispado, tan complicado, necesitamos personas “facilitadoras” que nos ayuden a vivir.

miércoles, 2 de abril de 2025

Sacerdote para siempre


La entrada del pasado lunes ha tenido más visitas de lo normal. Se ve que el tema de los “curas rotos” nos toca de cerca. Después de haberla escrito, me di cuenta de que me había dejado cosas importantes en el tintero. El corto espacio de una entrada no permite muchos matices. Aprovecho la de hoy para añadir algo que considero esencial. Un sacerdote, por muy “roto” que esté, es siempre un consagrado del Señor al servicio de su pueblo. El hecho de que en algunas ocasiones deje el ejercicio del ministerio no significa que pueda borrar de un plumazo el carácter impreso por la ordenación. 

El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica así: “Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta participación en la misión de Cristo es concedida de una vez para siempre. El sacramento del Orden confiere también un carácter espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado” (n. 1582). Y añade: “Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas, pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto porque el carácter impreso por la ordenación es para siempre. La vocación y la misión recibidas el día de su ordenación, lo marcan de manera permanente” (n. 1583). 

Son palabras graves que nos hablan de una realidad objetiva que va más allá de las decisiones del sujeto, de su estado de ánimo o de sus cambiantes circunstancias vitales.


Naturalmente, esta consagración no lo convierte en un superhombre, en alguien por encima de los demás (clericalismo) o en un tipo inmune a la fragilidad. El mismo Catecismo lo explica así: “Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar, por consiguiente, a la fecundidad apostólica de la Iglesia” (n. 1550). 

La distinción es clara y necesaria para evitar equívocos. Por eso, es esencial ser conscientes del don recibido (para agradecerlo y ponerlo al servicio de los demás) y de la propia fragilidad (para aceptarla con humildad y trabajarla a fondo).


Escribo estas cosas en el día en que celebramos el vigésimo aniversario de la muerte de san Juan Pablo II. Entonces yo vivía en Roma. Recuerdo muy bien aquel 2 de abril de 2005 y el impacto que su muerte produjo en millones de personas. No es ahora el momento de trazar un perfil biográfico de Juan Pablo II y mucho menos de esbozar un apunte crítico de su persona y su pontificado. Lo harán con más objetividad los historiadores del futuro. Creo que ha pasado muy poco tiempo para tener la perspectiva justa y, por lo tanto, para no caer en el panegírico apresurado o en la crítica fácil. Me limito a subrayar dos hechos. 

El primero tiene que ver con el río constante de personas que fluye hacia su tumba en el flanco derecho de la basílica de san Pedro de Roma y en la capilla lateral dedicada a su memoria que se abrió en noviembre de 2022 en la catedral de la Almudena de Madrid. Lo compruebo cada vez que paso por ella. Algo querrá decir este magnetismo sostenido en el tiempo.

El segundo se refiere a la impresión que me causó la persona de san Juan Pablo II las veces que lo vi de cerca o que tuve la oportunidad de saludarlo. La primera fue el año 1982, a los pocos meses del atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981. Fue en un Congreso de Pneumatología celebrado en el Aula de los Obispos del Vaticano. Luego tuve la oportunidad de concelebrar la Eucaristía con él en varias ocasiones en su capilla privada y de saludarlo más veces en Roma y en Madrid. Puede sonar exagerado, pero no recuerdo haber encontrado nunca una persona que emanara un “aura” de santidad como me parecía percibir en él, sobre todo cuando lo veía arrodillado en el reclinatorio de su capilla. Algo querrá decir esta sensación indescriptible


lunes, 31 de marzo de 2025

Curas rotos


Termina el mes de marzo. Seguimos con un sol primaveral. Hemos entrado en la cuarta semana de Cuaresma. Todo apunta ya a la Pascua. La tentación consiste en vivir este camino como si fuera una aventura solitaria cuando, en realidad, todos estamos conectados. Suceden muchas cosas en el mundo. Algunas parecen encajar con nuestras búsquedas y preocupaciones; otras nos sacan de nuestras casillas. Aunque hayamos renunciado a ver la televisión o a leer los periódicos para preservar nuestra salud psíquica, eso no significa que el mundo se haya detenido. 

En el laberinto de noticias de todo tipo, me alegra que Luis de la Fuente, el seleccionador nacional de fútbol, hable con normalidad de su fe cristiana. Y me preocupa que siga habiendo “presbíteros y obispos rotos”. Creo que de este tema he escrito muy poco en el Rincón. Y, sin embargo, me afecta muy de cerca. Lo siento como un asunto propio porque todos los sacerdotes estamos expuestos y podemos rompernos. A lo largo de mi vida, he acompañado con mejor o peor fortuna a algunos que, tras un periodo de discernimiento o de manera brusca, decidieron dejar el ministerio y vivir de otra manera. Unos pocos se desentendieron de la Iglesia, pero la mayoría han continuado muy vinculados a ella y colaborando de distintas formas en la vida y misión de las comunidades.


¿Por qué se “rompe” un sacerdote? Las razones son tantas como las personas implicadas, pero quizás hay algunas que son comunes. Muchos laicos suelen pensar que cuando un sacerdote “cuelga la sotana” (expresión que hoy no tiene  sentido dado que son pocos los sacerdotes que la usan) es porque se ha enamorado de una mujer (o de un hombre). Puesto que en la Iglesia latina el ejercicio del ministerio está ligado al celibato, la persona considera que lo más honrado es solicitar la “pérdida del estado clerical” así se denomina en la jerga canónica para poder seguir su nuevo camino con autenticidad, sin enmarañarse en una doble vida. Antes se hablaba tristemente de “reducción al estado laical”. 

Es verdad que en muchos casos se producen procesos afectivos que desembocan en decisiones de este tipo, pero, por lo general, la rotura interior comienza antes. Tiene mucho que ver con el sentido de la vocación presbiteral en la actualidad y, en el fondo, con la experiencia de fe. No es nada fácil ser sacerdote en un contexto social en el que el presbítero es visto como un “experto en nada” y en ocasiones como un residuo de tiempos superados. A primera vista, su competencia espiritual y sacramental no entra en la lista de necesidades demandadas por la gente de hoy. Incluso, dentro de la propia comunidad cristiana, se corre el riesgo de verlo como una figura aislada, incompetente, irrelevante y hasta prescindible.


Por otra parte, la escasez de clero y el envejecimiento hacen que los más jóvenes y los de mediana edad estén siempre tapando agujeros, yendo de un sitio para otro, tratando de cumplir sus múltiples obligaciones del mejor modo posible, pero a menudo sin un proyecto realista y sin una vigorosa comunidad de referencia. El aislamiento, la rutina pastoral, los problemas económicos, la escasa coordinación con los compañeros, la adicción digital y la falta de un acompañamiento cercano y cordial hacen el resto. Con el paso del tiempo, se produce un vacío interior que comienza manifestándose en forma de aridez espiritual, desencanto pastoral, avidez por el dinero y soledad afectiva. Si no es afrontado a tiempo, acaba “rompiendo” a la persona. En ocasiones, este rompimiento puede llevar al desgaste y a la depresión. 

Por lo general, los laicos cercanos perciben algunos síntomas, los comentan (o chismorrean) entre ellos, pero pocos se atreven a implicarse. Consideran que “alguien” (otros compañeros sacerdotes, el arcipreste, el obispo, etc.) deben asumir esa grave responsabilidad. Apenas disponemos en nuestras diócesis de instancias eficaces de acompañamiento y ayuda. Se supone ingenuamente que quien ha dedicado su vida a ayudar a los demás no necesita ninguna ayuda especial, a no ser la de la gracia de Dios. Pero esto es un espejismo. Por eso, me parece que es sano hablar de estas realidades abiertamente. A veces, encontrar a alguien que las escuche con paciencia y se haga cargo de ellas es el primer paso para un proceso de sanación integral.

domingo, 30 de marzo de 2025

Un hombre tenía dos hijos


Ya se sabe que el Cuarto Domingo de Cuaresma es conocido como el domingo laetare. Se anticipa sobriamente la alegría de la Pascua, que dista solo tres semanas. Este año, el ciclo C nos propone como evangelio la hermosa, larga y popular parábola del padre misericordioso y sus dos hijos. La fiesta y la alegría están aseguradas porque el padre/madre de la parábola por dos veces dice que hay que celebrar un banquete. ¡Lástima que algunos de los oyentes de Jesús no estuviesen por la labor! 

Entre quienes lo rodean, hay dos grupos: los que van a escucharlo (es decir, los publicanos y gente de mala calaña en general) y los que van a murmurar contra él porque come con publicanos y pecadores (o sea, los fariseos de turno). Quienes leemos hoy la parábola tenemos que situarnos en un bando o en otro, a menos que se nos ocurra una tercera vía para escapar de la tensión. Supongamos que elegimos el bando de quienes quieren escuchar, lo que ya es mucho teniendo en cuenta la algarabía en la que hoy vivimos y las dificultades para prestar atención durante más de diez segundos. Entonces pueden ocurrirnos cosas maravillosas


La historia es larga. Jesús no ahorró detalles. Su parábola ha sido estudiada por los cuatro costados. Hoy me quedo con una interpretación que liga los personajes a las edades de la vida.

Cuando somos jóvenes (pongamos hasta los 40 años), solemos reconocernos por contagio en la figura del hijo pequeño. Nos gusta gastarnos la herencia del padre, jugar a ser autónomos, presumir de nuestras fuerzas, buscar el placer en todas sus formas y tomar distancia de los viejos que chochean y no tienen nada interesante que aportar. La fe que mamamos de niños se nos antoja una superstición, la Iglesia es una madrastra castradora y nosotros somos sanos, guapos, inteligentes y muy guay del Paraguay… hasta que “vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad”. 

Por muy hijos de papá que seamos, tarde o temprano el lobo de la vida enseña sus dientes afilados en forma de precariedad laboral, fracaso afectivo o simplemente hastío de vivir. Entonces uno puede sorber la copa de la frustración hasta el final o puede recapacitar, ponerse en camino, admitir la cuota de responsabilidad y aceptar con humildad el amor del padre que nunca se ha eclipsado.


Cuando somos adultos (pongamos entre 40 y 70 años) la figura del hermano mayor nos viene que ni pintada. Nos sirve para visibilizar esa mezcla entre sentido del deber, rigidez mental, resentimiento afectivo, envidia y tristeza de vivir. Nos gusta decir lo mucho que trabajamos, pasar factura por los servicios prestados y presumir de ser austeros, ahorradores y personas con los papeles en regla. ¡Lástima que con un currículo tan brillante se nos haya quedado el corazón un poco encogido! 

En la figura del hermano mayor caben los padres y madres que llevan dinero a casa, pero están lejos de sus hijos; los párrocos que recuerdan cómo se debe celebrar la misa siguiendo las rúbricas del Misal Romano, pero no dedican tiempo a estar con la gente; los religiosos y religiosas que cumplen sus votos con exquisita observancia, pero no paran de juzgar a quienes se salen del guion, etc. El hijo mayor no sabe agradecer y disfrutar la cercanía del padre. Está en la casa paterna como si estuviera en un taller o en un cuartel.


Cuando nos hacemos mayores (pongamos a partir de los 70 años) tenemos la posibilidad -no siempre aprovechada- de irnos pareciendo al padre de la parábola. Podemos mirarnos en su espejo. Entonces empezamos a conjugar algunos verbos que nos parecían un poco ñoños en las etapas de la juventud (hijo pequeño) y la madurez (hijo mayor). Nos gusta mirar a lo lejos para no perdernos en las minucias cercanas, de vez en cuando se nos remueven las entrañas, redescubrimos la fuerza sanadora de los abrazos y los besos, sustituimos el juicio por la acogida y la misericordia y hasta nos gusta organizar fiestas para que todo el mundo se sienta a gusto y disfrute de la vida, sin escatimar gastos y sin excluir a nadie. 

¿Por qué el padre/madre de la parábola de Jesús se comporta así? La razón suena casi a exigencia: “Era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Ese “era preciso” (dei en griego) enlaza con otros dei fuertes recogidos en el evangelio: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que (dei) ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Mt 16,21); “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que (dei) ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15). 

Esta diminuta partícula griega (dei) alude a algo que es voluntad de Dios, que va más allá de nuestros deseos o planes. En el caso de la parábola, es voluntad de Dios que nos alegremos -como él se alegra- cuando alguien pasa de la muerte a la vida, de la confusión a la identidad, o de la lejanía individualista a la cercanía del hogar. 

En fin, que este domingo viene sobrecargado de luz y de alegría. Solo regenerando nuestras imágenes distorsionadas de Dios podemos rehacer nuestra propia imagen y reconocer la dignidad de los demás acogiendo sus historias, cualesquiera que sean. Todo un reto. 



sábado, 29 de marzo de 2025

Todos necesitamos misericordia

 

Después de tres semanas de lluvias casi constantes, se agradece un paseo matutino bañado por el sol. No importa que el termómetro marque cuatro grados a las siete de la mañana. Lo que cuenta es la luz que inunda todo y nos recuerda que ya es primavera, no solo en El Corte Inglés, sino también en nuestro estado de ánimo. Hay algunos atrevidos que ya van por la calle Princesa en manga corta, como si su termostato personal estuviera desajustado. 

Mientras me dirijo al colegio de las Concepcionistas para la celebración de la misa matutina, doy vueltas al evangelio de hoy. La interpretación más obvia es que podemos vivir la fe “en modo fariseo” (poniendo el acento en el cumplimiento de las normas y experimentando una comprensible satisfacción por estar en regla con Dios) o “en modo publicano” (reconociendo que no damos una a derechas y que solo nos queda acogernos a la compasión/misericordia de Dios). 

Para ir un poco más lejos, podemos recordar lo que dice Lucas antes de narrar la parábola. ¿A quién le cuenta Jesús esta historieta con moraleja incluida? Solo conociendo los destinatarios podemos entender bien su verdadera intención. Jesús se dirige “a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. ¡Esta es la madre del cordero!


Hoy por todas partes se nos dice que debemos confiar en nosotros mismos. Cualquier manual de autoayuda repite este mantra como si fuera un dogma psicológico incuestionable. No creo que Jesús esté en contra de una autoimagen positiva. Lo que desenmascara es esa vana arrogancia de quien cree que lo que es y lo que tiene se lo ha ganado a pulso. Jesús no suscribe la teoría estadounidense del self-made man (or woman) (hombre o mujer hechos a sí mismos) porque todo lo que tenemos lo hemos recibido como gracia (comenzando por nuestro propio ser) y porque “no hay nadie justo, ni uno solo” (Rm 3,10). Por eso, no tiene ningún sentido mirar a los demás por encima del hombro.

Todos estamos necesitados de misericordia y perdón. Quizá el peor pecado de muchos cristianos -y a veces de la Iglesia como institución- es la arrogancia, el hecho de creer que nosotros somos los dueños de la verdad, no sus humildes buscadores y testigos. La arrogancia nos impide entrar de puntillas en la vida de quienes batallan por salir adelante, prisioneros de sus pecados y contradicciones.


Si algo ha subrayado el papa Francisco desde el comienzo de su pontificado es que la Iglesia no es un club de perfectos, sino un hospital de campaña, que no ha sido fundada para premiar a los justos, sino para salvar a los pecadores. Nunca acabamos de aprender esta lección, a menos que de verdad nos situemos del lado de quienes -como el publicano de la parábola- no nos atrevemos ni a levantar los ojos al cielo, sino que nos golpeamos el pecho diciendo: “Oh, Dios, ten compasión de este pecador”. Dios no quiere que seamos gusanos arrastrados por el suelo, sin conciencia de nuestra dignidad inviolable, sino hijos que son conscientes de su fragilidad y se dejan amar y perdonar. 

Estoy convencido de que una Iglesia frágil y buscadora sería más creíble que una Iglesia fuerte y dispensadora de verdades. Se abre aquí un anchísimo horizonte para otro tipo de evangelización más en línea con lo que Jesús nos dice en el Evangelio, con su estilo de ser y hacer. Pero nos sentimos mucho más seguros y a gusto funcionando “en modo fariseo”, marcando bien la línea divisoria entre los buenos y los malos, los cumplidores y los inobservantes. La conversión consiste en eliminar esa raya para ver que Dios Padre “hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45) y que todos sin excepción estamos necesitados de misericordia.