
El evangelio de este V Domingo de Cuaresma es sencillamente adrenalítico. Se masca la tensión en el aire. El escenario es imponente: el templo de Jerusalén. Para los judíos es el lugar de la ley (y, en parte, del dinero). Para Jesús es la casa del Padre. Esta doble interpretación del lugar nos prepara para el desenlace de la escena. Jesús está enseñando de buena mañana. Hay gente alrededor. Algunos escribas y fariseos le arrojan -como si fuera una mercancía- una mujer “sorprendida en adulterio”. No aparece por ninguna parte su socio masculino. El peso cae siempre sobre la mujer.
Quizás los escribas y fariseos habían oído lo radical que era Jesús con respecto al adulterio, no solo de cuerpo sino de corazón. En realidad, no les importa mucho la historia de la mujer. La usan como un instrumento para capturar a Jesús. La trampa está bien urdida. Si Jesús la perdona, va abiertamente contra la ley. Si invita a lapidarla, se comporta como una persona cruel. Parece que no hay salida. Antes de responder, Jesús se toma un tiempo y escribe. No sabemos el contenido de ese “dedo de Dios”. ¿Es una alusión a Daniel 5,25?

Los escribas y fariseos se impacientan. Jesús espera a que se rebaje su nivel de adrenalina. Con los ánimos un poco más calmados, les regala una respuesta inesperada, que se sale del marco: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Desplaza el acento de la mujer a cada uno de los presentes. Nadie resiste la prueba: “Se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos”. Ya se sabe que “cuanto más viejo, más pellejo”.
La historia termina con un primer plano de Jesús y la mujer solos. Jesús, que permanecía sentado, se levanta. Al diálogo no le falta ni le sobra una sola palabra. La sentencia final de Jesús no tiene desperdicio. Mira al pasado: “Tampoco yo te condeno”. Pero, sobre todo, mira al futuro: “En adelante no peques más”. Solo el perdón abre la puerta del porvenir. Se podría decir que esa mujer anónima vive su propio jubileo de perdón y esperanza. Es un símbolo para nosotros en este Jubileo del 2025.

Este evangelio podría ser prohibido por los legalistas del mundo. Es demasiado desestabilizador. Promueve la insubordinación. Relativiza el famoso “imperio de la ley”. Lo sustituye por el “imperio de la misericordia”. Este es el mensaje que el papa Francisco ha intentado transmitir desde el comienzo de su pontificado y que muchos biempensantes no acaban de comprender. Lo consideran una concesión al relativismo. Acusan a Francisco de no tomar en serio el derecho canónico, de proceder arbitrariamente. Vistas las cosas desde una perspectiva solo jurídica, tienen razón. Pero olvidan que el derecho no es la norma suprema. Lo fundamental es el amor. La verdad no es una piedra arrojadiza, sino la patencia del amor.
Se requiere mucho tiempo, mucho autoconocimiento y mucha humildad para salirse del marco y adquirir la mente de Jesús. Es un camino. Pablo (segunda lectura) lo expresa muy bien en su carta a los filipenses: “No es que ya haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo”.