domingo, 25 de junio de 2017

Perseguidos pero no eliminados

El XII Domingo del Tiempo ordinario nos trae un mensaje de ánimo en tiempos de prueba. Es duro tener que hablar de la persecución de los cristianos, de la cristianofobia que se está difundiendo en el mundo, pero los hechos son elocuentes. Es verdad que a veces somos merecedores de condena por nuestras incoherencias: el discurso va por un lado y la vida por otro. Pero en la mayoría de los casos somos perseguidos por no plegarnos a los dioses del momento, como fueron perseguidos los primeros cristianos en tiempos de Domiciano (81-96 d.C.) -cuando se escribieron la mayoría de los escritos del Nuevo Testamento- por no adorar al emperador. Ir contracorriente es siempre arriesgado. Pero si hoy no hubiera profetas, como el tímido y audaz Jeremías, nuestro mundo no cambiaría, enfilaría siempre el camino de lo más cómodo. La fe siempre tiene una fuerte carga contracultural. Los aplausos excesivos son una señal clara de que no vamos por el buen camino. La persecución, por el contrario, nos asemeja al Cristo que sigue siendo perseguido. El mensaje del amor es salvador para los más pobres y perturbador para quienes basan su vida en el lucro, el engaño o la violencia.

Cuando Mateo escribe su evangelio muchos cristianos son perseguidos por no dar culto al emperador romano, incluso algunos oficiales convertidos al cristianismo. En este contexto histórico quiere animar a su comunidad recordándole algunos dichos de Jesús que pueden ayudar a los cristianos a afrontar las dificultades con esperanza. Ser perseguidos no es un mero accidente, sino un hecho ineludible. El autor de la segunda carta a Timoteo, escrita en ese mismo tiempo, nos recuerda: “Es cierto que todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones” (2 Tim 3,12). En el evangelio de este domingo Jesús repite tres veces: “¡No tengáis miedo!” (vv. 26.28.31.). Cada vez añade una nueva razón para justificar sus palabras.
  • Tenemos miedo de que, a causa de la violencia desatada por los enemigos de Cristo, nuestra misión pueda fallar porque el Evangelio ya no pueda difundirse (vv. 26-27). Hoy, en algunos lugares los cristianos están viviendo esta experiencia. Parece que hay que esconder la luz por miedo a que sea apagada. Jesús nos asegura que, a pesar de las pruebas y dificultades, el Evangelio seguirá extendiéndose y transformará el mundo porque nada ni nadie puede detener su fuerza.
  • Tenemos miedo de ser maltratados o incluso asesinados (v. 28), como les está pasando a muchos hermanos en Oriente Medio y en otros lugares del mundo. Jesús nos invita a reflexionar. Los enemigos del evangelio pueden insultarnos, acusarnos injustamente, confiscar nuestros bienes e incluso quitarnos la vida. Hasta ahí llegan, pero no pueden ir más lejos. Ninguna violencia es capaz de privar al discípulo de Jesús del único bien duradero: la vida que ha recibido de Dios y que nadie le puede arrebatar.
  • Tenemos miedo de que la persecución afecte también a las personas queridas que nos rodean, hasta el punto de verse privadas de la necesaria subsistencia (vv. 29-31). Jesús nos recuerda la confianza en la providencia del Padre celestial, que cuida de cada uno de nosotros con más amor que el que muestra por los pajarillos. No nos promete que no va a pasarnos nada, que siempre vamos a encontrar una solución mágica a nuestros problemas, sino que Dios realizará su verdadero bien de todos modos, si tenemos el coraje de seguir siendo fieles.
Escribo esto al amanecer de un luminoso día de verano. El buen tiempo es ocasión para innumerables fiestas que coinciden con el solsticio de verano, pero también para que muchos africanos intenten atravesar el Mediterráneo y llegar a Europa. La mayoría huye del miedo al hambre, la guerra o la persecución. La paradoja consiste en que ellos mismos infunden miedo a quienes los ven como invasores. Hay una fácil asociación entre inmigrante y terrorista. Debido a los repetidos atentados en París y Londres, el miedo se ha instalado en muchos lugares de Europa. Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy parecen dirigidas a cada uno de nosotros. El único miedo posible es el sinsentido. Jesús nos ha prometido que Dios no va a dejar a ningún ser humano suspendido en el vacío de la nada. Estamos vivos. Esto es lo que canta el sacerdote australiano Rob Galea.


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