miércoles, 18 de mayo de 2016

No sé cómo decirlo

No sé cómo decirlo, pero la crisis de la familia supone la crisis de nuestra sociedad. Me cuesta escribir sobre este asunto porque más de uno podría decirme: “Pero, ¡qué sabrás tú, que eres célibe, de todas estas cosas! ¡Ya estamos con bobadas clericales!”. Es verdad. Yo no he formado una familia propia, pero he nacido en el seno de una familia, vivo un estilo de vida familiar en mi comunidad misionera y conozco muy de cerca la vida de muchas familias amigas. Por otra parte, ya se sabe que de política, religión, sexo y deporte todos hablamos como si fuéramos doctores. Pero todos sabemos también que lo que decimos no tiene más fuerza que los argumentos que lo sustentan. Aunque a veces, abandonados a la discusión, nos empeñemos en debates pasionales y absurdos.


Si yo fuera un dictador y quisiera manejar un grupo social al servicio de mis intereses y mi ideología, lo primero que haría sería debilitar a los individuos, de manera que fueran fácilmente manipulables.


¿Dónde se forman las personas de manera más integral? Es evidente que en el seno de las familias. Luego, la estrategia tiene que ser clara: conseguir que las familias se desestructuren y desfiguren lo más posible. Naturalmente, como buen dictador que soy, no lo voy a hacer de manera directa y obscena. Utilizaré formas más sutiles. Comenzaré diciendo que ese modelo familiar basado en la presencia de un padre, una madre y unos hijos es un residuo burgués. En realidad, hay muchos modelos, tantos como a las personas se les ocurran (dos padres, dos madres, familias monoparentales, el llamado poliamor, hijos y hermanos de varias uniones, etc.).  Eso sí: lo importante es que haya amor, mucho amor.  Esto lo repetiré por activa y por pasiva para que cale bien. Todo el mundo tiembla y se derrite ante el amor. Los niños pueden crecer sanos, física y psíquicamente, en contextos muy diversos. El modelo tradicional no hace sino perpetuar un sistema autoritario y represivo que no favorece el crecimiento libre de las personas. ¡Ya está bien de imponer un modelo único! ¡Abajo la dictadura de la familia tradicional!

Después, proseguiría fomentando el divorcio exprés de forma que las parejas pudieran separarse siempre que les viniera en gana y de la manera más fácil y rápida posible. Diría que todo el mundo tiene derecho a ser feliz y que no es humano sufrir cuando puedes encontrar otra alternativa. El mercado está lleno de propuestas. No hay que preocuparse por los hijos: la ley puede prever un régimen de cuidados y visitas para ellos (los supervivientes del naufragio), de modo que no se vean privados del amor y la atención de sus progenitores.


Insistiría también en que el aborto no es como lo pintan los religiosos amargados a base de trazos apocalípticos. En realidad, se trata del derecho inalienable de la mujer a la "interrupción libre del embarazo". Aduciría algunos datos científicos para que la presentación resultara más aséptica y convincente. Además, insistiría en un tema que preocupa mucho: tenemos un planeta superpoblado. No está bien inundarlo de más pequeñuelos que no traen sino problemas debajo del brazo, en vez del correspondiente pan (como se decía antes). El argumento de ecosostenibilidad impacta mucho hoy. Añadiría que la mujer no está llamada a ser una criadora de hijos, recluida en el hogar, sino que tiene derecho a su desarrollo personal. Esto lo subrayaría con mucha fuerza para ganarme el aplauso de las mujeres que hacen lo imposible por conciliar vida familiar y laboral. Todo esto no lo difundiría naturalmente a través de sesudos libros que nadie lee, sino mediante películas, series de televisión (dirigidas, sobre todo a los jóvenes) y, en general, a través de la industria del entretenimiento: ¡Que no pare la fiesta!

¿Habrá algún dictador o alguna organización con tamaña mentalidad, o todo es fruto de "una noche en una mala posada"? Haberlos, haylos. No creo mucho en conspiraciones judeo-masónicas e historias de este tipo. Me parecen simplificaciones de una realidad compleja. Pero no soy tan ingenuo como para pensar que todo lo que ocurre es resultado de la simple "evolución natural de las costumbres". 

Quienes aspiran a dominar el mundo saben que individuos desprovistos de un contexto familiar sano, con la identidad y la autoestima heridas, víctimas de relaciones sucesivas, ansiosos de reconocimiento, son fácilmente atrapados por el consumo, por las mil formas de placer, la política y, en algunos casos, por ciertas propuestas religiosas también manipuladoras. En definitiva, que son carne de cañón para una sociedad de esclavos, no de personas libres y responsables. Una vez conseguido esto, lo demás cae por su propio peso. 




Creer en la familia y fortalecerla es el primer paso para una regeneración del tejido social. Para esto, no hace falta tal vez convocar manifestaciones masivas por las calles. Hay que creer en su valor y significado, vivirlos en carne propia e impulsar y exigir aquellas medidas sociales que pueden favorecerla porque, al fin y al cabo, más allá de cualquier otra consideración, la familia es un bien social (humano, económico) de primer orden.

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